Ayer, en la Asamblea de Madrid, se puso la primera piedra para la aprobación de la Ley de Autoridad del Profesor. El Gobierno de Esperanza Aguirre ha optado por proteger a quienes, por desgracia en muchos casos, se tienen que enfrentar cada día a indisciplinas, burlas, amenazas, e incluso agresiones.
Se trata de un blindaje acertado y necesario, y es consecuencia del alarmante aumento de incidentes en el entorno colegial. Dotando de autoridad a los profesores, con lo que se les equiparará al nivel de los jueces entre otros, cualquier intimidación o agresión que pudieran sufrir, podría ser ser sancionada con penas entre uno y cuatro años de privación de libertad.
Se trata de un blindaje acertado y necesario, y es consecuencia del alarmante aumento de incidentes en el entorno colegial. Dotando de autoridad a los profesores, con lo que se les equiparará al nivel de los jueces entre otros, cualquier intimidación o agresión que pudieran sufrir, podría ser ser sancionada con penas entre uno y cuatro años de privación de libertad.
Esta iniciativa debería ser la punta de lanza de una ley que, en el marco de un acuerdo global en materia de educación, y sin distinciones entre comunidades autónomas, se promulgara para toda la nación. Pero la otra pata en la que apoyar esta medida, está sin duda en el entorno familiar: es exclusiva responsabilidad de los padres la enseñanza e inculcación de conceptos como el respeto a los demás, el civismo, una buena educación en las formas, y un buen uso de la libertad, así como muchos otros valores cuya carencia es cada vez mayor entre los jóvenes. Sin el apoyo paterno, será una ley disuasoria y punitiva, pero insuficiente para alcanzar un adecuado status de civismo por los que han de conformar la sociedad del futuro. La educación para la ciudadanía, empieza en casa.
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